Mary Sclar

Nació el 24 de Diciembre de 1926 y murió el 6 de febrero de 2001, vivió casi toda su vida en la calle Beltrán, de la cuarta Este, en la ciudad de Mendoza.
Mary Sclar era su nombre artístico; su nombre real era María Dolengiewich.
Sara, su madre, era rubia, costurera y muy religiosa. Isaías, el padre, era carpintero y anarquista. Se conocieron en Mendoza, donde ambos ejercían lo único que se habían traído en la valija: su oficio. Las ideas de Kropotkin no le impidieron a Isaías casarse con Sara respetando el ritual judío. Sin embargo, durante las fiestas religiosas, Isaías siempre eligió escabullirse.
En el respeto mutuo estaba la clave del entendimiento entre esas dos personas valerosas que habían abandonado sus aldeas natales y llegado a la Argentina solos, casi adolescentes. Lo demás –pasar por el siniestro Hotel de Inmigrantes y por el patio del conventillo que calentaba el alma con sus olores y sus idiomas mezclados, aprender un castellano cuyo diptongo en “ue” jamás pudieron pronunciar, pero al que igual domaron e hicieron suyo–. Esta equivale a la historia de todo inmigrante, cualquiera que haya sido su nombre: Marcello, Manolo, Moishe o Mustafá.
La diferencia está en que Mary Sclar lo relata como si ella misma hubiera estado; como si hubiera asistido a esas reuniones de obreros judíos que leían a Scholem Aleijem, a Proudhon, a Saint-Simon; reuniones donde el carpintero Isaías accedió a la cultura espontánea, que suele ser la más profunda.
En el libro Don Isaías, la escena en la que el padre de Mary va al Museo de Bellas Artes de Buenos Aires y se queda horas clavado ante un cuadro –”Sin pan y sin trabajo”, de Ernesto de la Cárcova– tiene una vivacidad y una emoción pudorosa que la transforman en una verdadera página de escritura. Don Isaías Dolongiewich se merecía el recuerdo. Y no solo por excelente padre, que se gastaba la quincena en comprarles a sus hijos un gramófono para hacerles oír los violines de la música idish, o por autodidacta apasionado que leía a Voltaire manchando las páginas con laca y con viruta.
Mary empezó a escribir de grande.
Siempre había escrito poemas y cuentos y tenía dos libros publicados. Después de su muerte, su sobrino, Mariano Blejman, se sumergió en una caja repleta de papeles dispersos que Mary había ido escribiendo con su letra redonda, siempre con la televisión encendida, interrumpiendo el relato para anotar al margen una receta de cocina.

Publicaciones

La siesta y otros momentos (1987)
Atrapado en un negativo (1992)
En 2003, se publicó el libro póstumo Don Isaías, con historias de su padre, Isaías Dolengiewich

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